El pasado es un conjunto de recuerdos inolvidables, que para bien o para mal, siempre recordamos. Recuerdos que un día nos hicieron creer que éramos la persona más feliz, o al contrario, la más infeliz del mundo.
Es curioso pararse a pensar en la manera que nuestro cerebro recuerda dichos momentos: representando un conjunto de diapositivas. Diapositivas que se te aparecen en forma de “flashes” a medida que vas recordando detalles de esos recuerdos; detalles que, a la vez, nos producen sensaciones, cambios radicales de estado, remordimientos… (entre otras cosas), y como no: nos producen el deseo de regresar, regresar a ese momento. Regresar para cambiarlo de forma que dichos cambios nos complazcan más en el presente y en el futuro. Pero a veces desearíamos regresar al pasado por el simple hecho de volver a vivir esos momentos, para transformar esas diapositivas en realidad, para volver a llorar, volver a sonreír, volver a sentir infinitas sensaciones que nuestros cuerpos y nuestras mentes hace ya años que no sienten.
Pero con el tiempo nos damos cuenta que lo más importante no es volver atrás sino aprender, aprender del pasado.
Lo primero que aprendemos de la vida es que tiene un pasado, un presente y un futuro. Y lo último que entendemos (si lo logramos entender) es el final de ésta. ¿Por qué? ¿Por qué tiene que tener un final? Un límite donde ya no puedes continuar viviendo, donde el presente y el futuro dejan de existir y solo nos queda una cosa… EL PASADO.
